2/01/09

Rojo o Animal



Además de los cuentos, ¿te gustan las crónicas o te gustan las prosas?

Probá el rojo
www.superojo.blogspot.com
Son Crónicas ciudadanas. Es una voz muy parecida a la tuya. Compartí y pensá.

Probá con Ojo Animal
www.ojoanimal.blogspot.com
Son animales en extinción. Su belleza se rescata en textos de ficción. Sentí e informate.


Encontrate con algo distinto escrito de este mismo puño.
Abrí tu curiosidad.

18/03/08

El hombre de la cama (cuento)

Lo vi. Te juro. Vi su barba, la más larga del mundo. Por debajo de la pera. Colores rojizos y blancos. Mal delineada. Las vi: tres frazadas usa. Sí, tres frazadas sin sábana sobre su piel que se descama. Pantuflas a cuadritos en azul y marrón. Prolijamente colocadas abajo de su cama.
Su cama: vive ahí, sin salir de ahí, ahí una plaza pobre con respaldo de madera y colchón húmedo y frío por falta de ventilación.
¿Quién? El hombre de la cama, nombre y apellido y apodo, todo junto. A primera impresión es algo desagradable, lo sé, pero más desagradable te resultaría verlo tocarse noche y día. Se toca sin llegar al orgasmo. No es que no le guste: no quiere, nunca quiso. El placer se le acabaría en segundos si tuviera eyaculaciones, mientras que quedándose con las ganas, el placer perdura por mucho más tiempo. Pero no le preocupa que entiendas sus convicciones; casi te diría que ya no lo parecen: es su forma de vivir desde hace treinta y cuatro años.
Sucede así: sus ojos dan vueltas, sus nalgas tiemblan y cuando casi se le hace imposible aguantar, él se contiene, busca un cigarrillo, aguanta el zumbido del cuerpo, raspa el fósforo y lo prende. Hace nudos en la sábana, burbujas con su saliva, estelas con el cigarrillo, mientras su mirada se cristaliza de excitación. Resiste; el temblor cede.
Come lo que encuentra o una vecina amiga le trae de lástima. No le importa nada, ni siquiera su estado de supervivencia. Se baña cuando el portero viene a su puerta y le cuenta que en la
reunión de consorcio se han quejado del terrible olor que hay por los pasillos. El se ríe, hasta lo invita a oler de sus axilas su mal estado de limpieza. Claro que, el portero lo mira con cara de “está chiflado” y llama a la policía. Problema que se plantea cuando la policía llega, le pide el documento y lee “El hombre de la cama” en una de las hojas. Parece un chiste, pero no lo es.
Es el nombre de bautismo que le pusieron su madre, “La mujer del placard”, y su padre,
“El hombre del sillón”.
La policía conoce a la familia, y entre absurdos, permite que haya un nombre y apellido y apodo de tal estirpe en el documento. A veces ni vienen, porque esposarlo a la cama es redundancia,
y llevarlo en el auto con inmundo olor, es imposible. Da náuseas.
A él le da mucha risa, una risa sarcástica que comparte con su gato, “El gato del felpudo”, que siempre se le mezcla entre las piernas hasta causarle erecciones, motivo que lo incita
a volver a tocarse. Se le hace inevitable. Pero la tarea es solitaria, así que aleja al gato, casi te diría que lo echa y nuevamente, enredado entre sus manos, se queda pasmado mirando el techo al que le faltan dos segundos para caerse. El techo que es el piso de una mujer que vive sola, con un perro normal, de familia normal y de nombres normales. Estela es su nombre, Batuque el del perro.
Se encontraron una vez cuando El hombre de la cama salió al pasillo, a buscar a su gato mientras se juraba no volver a levantarse de la cama. Perro y gato se olfateaban y disfrutaban los olores. Ella y El hombre de la cama se miraban de lejos. Le gustaba, se lo había contado a su almohada, pero no se atrevía a resignar su mugre para hablar con Estela. Ella, ni en sueños lo había pensado. Tampoco había pensado que Batuquese metería por error en la casa del hombre de la cama. Tuvo que ir a buscarlo. No le quedó remedio. Al principio no podía entrar, así que colocó un pañuelo perfumado en su nariz y logró atravesar dos metros adentro. Por fin llegó al perro que la miraba en el regocijo de no moverse. El hombre de la cama dormía plácidamente justo hasta que Estela cargó a su perro (el terrible peso muerto de la vagancia de un perro).
Una mano –la mano más asquerosa que ella hubiera visto, las uñas más sucias y la piel más desagradable– le tiró del vestido.
No sabría decirte, pero la cuestión es que ella se tiró en sus brazos y lo besó en la boca. Y todo comenzó. El sexo comenzó. Paso a paso. Primero el beso, después los besos, las caricias,
las manos, los pies, la desnudez. Estela cerraba los ojos como quien espera más o no quiere descubrir el rostro. O ha olvidado todo.
Están juntos él y ella, ella y él. Juntos. Sí. Las oposiciones hacen el pacto. Ella y él se mueven. Se mueven. Sudan. Se mezclan. Barba rojiza contra piel pálida. Olores y calor. Olores ácidos y perfumados, pegados. Él y ella se sellan como una carta lacrada. La cama tendida, crujiendo, soportándolos. Y el desafío: El hombre de la cama decide cambiar la filosofía de treinta y cuatro años. Quiere tener un orgasmo. Quiere sentir a su mujer o a su suerte, compartir el goce. Quiere. Lo tiene pensado. “Es el momento”, se alienta a sí mismo. Es ahora. Se dispone en ganas y concentraciones. Tiene que permitir que sus ojos suden de sexo. Tiene que permitir que todo tiemble. No hay nada que indique, no hay ninguna señal que diga que no puede hacerlo. Su mujer tiene los ojos perdidos en alguna galaxia. Los deseos del hombre de la cama no dan un paso atrás. Es verdad, no hay nada que indique lo contrario, salvo que en ese empeño se aproxima una intuición. Leve, despacito, tan leve que él piensa que puede marcharse en cualquier momento. Una tontería. O más que eso: un pensamiento que araña la conciencia. O quizás más: la imagen en la cabeza de un atleta que corre en el mismo lugar. Corre y corre, patina, resbala. No avanza. Quisiera.
El último intento es borrar de la cabeza todas esas cosas que no tienen nada que ver. Porque él está haciendo el amor, no especulaciones. Porque estoy haciendo el amor, aquí, mi mujer,
mi pene, aquí, haciendo el amor. Haciendo el amor, el corredor, es el corredor que lo intenta con más insolencia en el mismo lugar, lo saluda irónicamente, me saluda con la izquierda.¿Me saluda?
Sigo. Se detiene. Continúo. Se ríe. No puede ser. Me detengo. No puedo.
Así mi amor, tu espalda encorvada, así tu sexo que es mi sexo, así la mujer que gime, así tus ojos mi amor, así tu blando cuerpo. Así la mujer que suspira. Así mi amor, así. Así, así, así. Así
la mujer que goza. Su placer. Está tan linda ella... estoy tan solo yo... Así.

7/02/08

El calor es hijo del infierno (cuento)

-----------------------

Despegó el brazo de su cuerpo y sintió la brisa en su cintura. Cuando su mano quedó suspendida en el aire, vio la alianza de siete años y pensó en su mujer ahora, vistiéndose para ir a trabajar: “La pollera o mejor el pantalón, la llave de gas, cerrar las ventanas...”
–¡Taxi! –gritó.
La otra mano abrió la puerta con más fuerza que de costumbre, antes de que el señor se inclinara y lo hiciera desde adentro. Le ganó al conductor, le gustó ganarle. Se sentó.
–Hasta “ésta y ésta”... ¿Tiene cambio de cien?
Bocacalles sin semáforos, vigilar hacia los costados, los lomos de burro, el aire caliente metiéndose en la ficha del conductor, el reloj tirano. Mejor mirar para adelante: la línea amarilla de la avenida, el volante en pleno equilibrio. Hábil taxista.
Bocacalle, la velocidad extrema del Falcon verde, viniendo del mismo lugar donde está apoyada mi mano con la alianza. El conductor con los ojos para adelante, que seguramente lo verá, ciento ochenta grados de visión tenemos, ¿lo verá?, a menos que le avise, porque el Falcon está llegando y el taxi donde estoy, está perpendicular a su capot y el “crash” de los vidrios, el crujir de la chapa, la pintura saltando sobre el tapizado. La cara de espanto del conductor, su pie en el freno, sus zapatos mocasines, el chupete que salta del espejo, la parte interna de la puerta, el cenicero que se despega, cenizas volando por el aire.
Es incomprensible que justo ahora caigan sobre mis ojos, y mire a medias cómo el vidrio de la ventana se astilla y se desploma sobre mí, sobre la mano y hace tajo. Vidrio celeste, líneas rojas en mi mano, pero lentamente mientras todo se comprime, puertas que se hacen hermanas, quedo apretado sin moverme, no puedo, cenizas en los ojos y mi cabeza que podría sostener pero se me cae... aunque no las vea sé que vendrán, porque ahora veo gris y rojo, nunca vi así, son las líneas rojas de mi cabeza, levedad en mi boca, levedad como la brisa aquella entre mi cuerpo y mi brazo. Aire metálico. ¿Gusto a qué?
Es un diente, la lengua me arde, miro para adelante, la cara roja del conductor ahora sufre, no es de espanto, frunce el ceño, tal vez por una pierna o un brazo o la ceniza dentro de sus ojos.
Grita “Dios”. Repite “¡Dios!”
¿Dios? ¿Quién es Dios? Nunca supe quién es Dios. Las llantas del Falcon siguen gritando sobre el cemento, friccionan humo, quisieran continuar hasta mis costillas, tengo mares revueltos en el estómago, se siente así. Náuseas.
“Dios” grita la ficha del conductor. En la foto, su cara es distinta... es serena o fija, no sufre, ¿está feliz, ahí?, ya no tiemblo, en el amanecer rojizo de mis ojos contemplo mi alianza... Veo a Ana cerrando la casa, llamando al ascensor, protestando porque se le hace tarde. Ana volátil, risa de fresias, a dos centímetros del piso, es molesta la bocina del Falcon, es la cabeza sobre el volante del conductor de bigotes.
Si hago el esfuerzo... aunque mi mano no tiene la misma fuerza que tuvo al abrir la puerta, está debajo de no sé qué cosa, debajo y sin fuerza y la puerta cerrada y una llama que se asoma por la ventana rota.
Ahora el calor es hijo del infierno. ¿Dios? ¿Quién es Dios? Calor.
¿Sabrá Ana que me estoy quemando? ¿Sabrá Ana que mi piel varía de colores y dolores y que el metal es tan fuerte que resiste a las temperaturas? ¿Sabrá Ana que la quiero con toda mi alma? ¿Cuántas veces se lo dije? ¿Lo sabrá?
Me desespera justo ahora que mi mano está atorada y el fuego quiere entrar en mis pulmones y en el estómago tengo pirañas. ¿Mi cara se verá como la del conductor?
Una mujer... ¿qué dice?
–No se mueva, no se mueva, ya lo vamos a sacar...
¿Qué dice? ¿Qué fue lo último que me dijo hoy Ana? ¿Qué dice la mujer?
–No se mueva.
¿Le dije hoy que la quería?
–Quédese tranquilo, no se mueva...
¿Sabrá Ana que ayer estuve en el cuerpo de otra mujer? Morocha, no quise, me invitaste, sí quise, olvidar no se puede.
–Tuvo un accidente señor, no se mueva.
¿Cómo mirarla ahora a los ojos mientras me cura la piel con sus manos benditas? ¿Mirarla cómo cuando me diga que me quiere y que está feliz de que esté vivo? ¿Vivo para qué? Cuando me inspire fuerza para verlo nacer. ¿Qué padre voy a ser?
Ana inocente, virgen de la iglesia, tu vida está adelante, yo te arruino.
–No se mueva señor, enseguida apagamos el fuego y sale...
–No apague nada.
–Señor, tuvo un accidente...
–No llame a nadie, corra, está por explotar, corra señora corra, hágame caso, corra, sálvese.
Eso es... confíe en mí, así, a lo lejos, corra... esfúmese, hágalo...
Un punto entre el amarillo.

VS.

31/01/08

Es raro no tener hambre (cuento)

Me gustan mis zapatillas color rosa. Un viaje en colectivo es divertido, si cada vez que me siento puedo mirarlas. Cuando me compro algo nuevo, me siento distinta. En serio. Me pasa así. No me importa lo que lleve puesto, ni el jean ni la remera, si tengo algo nuevo. La primera semana es la mejor; después, con el tiempo, las zapatillas se van a parecer a todas las demás, ya no voy a saber si me gustan o no de verdad. Si realmente son tan tan lindas.
Todos los días pasaba por esa vidriera, frenaba y las miraba. Contaba cuánto tenía ahorrado. Cruzaba los dedos para que no subieran de precio –a veces me confundían los ceros– o se
las llevara otra chica. Después de aguantar sábado y domingo, el lunes entraba al local, me las probaba y decía que las iba a pasar a buscar más tarde. Que me las “reservaran”. Se dice así, “reservar”. Era mentira, pero en ese momento, en mis pies, sentía que eran mías. Con un poco más de plata, hubiera salido de ese local gigante con mis zapatillas puestas. Igual, probármelas era una sensación increíble.
Nadie sabe en este colectivo que yo estoy pensando en todo eso. Nadie de verdad, sabe quién soy, cómo me llamo, dónde me bajo, cuál es mi casa, cuánto dinero tengo, y si me gustan mis zapatillas. Nadie sabe cuánto tiempo tuve que esperar para poder comprármelas. Nadie escucha el sonido de mi walkman. Es lindo ver al mundo así, está todo en silencio mientras escucho mi canción. Parece todo más feliz. No oigo si el chofer le grita a otro auto, no escucho si dos personas empiezan a pelearse. Escucho Imagine, de John Lennon. Me gusta esta canción. Me gustaba antes de aprender inglés, no sabía lo que decía la letra, pero igual me gustaba. Ahora la entiendo toda, aunque algunas palabras son un poco difíciles. Este disco me lo regaló mi papá antes de morirse. Él tenía toda la colección de John Lennon, pero me dijo que este disco era el mejor. Que escuchara esta canción cada vez que me sintiera mal. Los otros discos quedaron para mi abuelo, que también es un fanático y de vez en cuando me invita a su casa a escuchar las otras canciones. Me pide que preste atención, y que si hay algo que no entiendo, que le pregunte. Antes de que se muriera papá, no lo iba a visitar tan seguido. Después es como que me dieron ganas. Y además no era tan difícil llegar. Él me explicó el número de colectivo que tenía que tomar y también me enseñó que cuando viera la estación de servicio, que tocara el timbre. Le llevo medialunas de grasa, que son las que le gustan. Yo creo que a todos los hombres les gustan las medialunas de grasa y a todas las chicas les gustan las de manteca. No sé porqué, pero siento que es así. Le llevo seis, porque dice que está a dieta y que el médico no le deja comer cosas que engordan. Me dijo que tenía el colesterol alto, que es algo que le pasa a la gente vieja. Yo no lo veo viejo, siempre lo veo igual. Tiene un montón de canas pero parece que no le salieran más. Él dice que es porque lo veo muy seguido y no me doy cuenta.
Me gusta ir a su casa, porque en su casa hay mucho silencio, los autos no se oyen tan fuerte. Se escuchan los perros, pero los perros a mí no me molestan que ladren. Me gustan mucho.
Tiene un montón de cosas en su casa. Es una casa llena. Muchas cosas por todos lados, que trajo de sus viajes. Mi abuelo vivió en Francia. Estuvo ahí en el medio de la guerra. No sé cómo no se murió con tantas bombas. No se acuerda mucho cómo hablar en francés, pero siempre me canta una canción en ese idioma, que se la sabe toda. Es la misma canción que me cantaba de chica. Él dice eso; yo como era muy chica, no me acuerdo. Igual, cuando lo hace, me viene una cosa al estómago, se me mueve adentro, como si me pusiera contenta. Mi abuelo es el abuelo más bueno del mundo. Él dice que no es así, que hay gente mucho más buena que él, pero yo creo de verdad que es el más bueno del mundo. Es bueno porque nunca me gritó, no me pega, me explica todo lo que le pregunto. Y sabe un montón. Sabe de música, sabe de cosas eléctricas, de autos y de libros, que es una cosa difícil para saber.
Casi siempre voy los viernes a su casa, a la tarde, después del colegio. Pero ya el jueves me siento contenta, porque sé que lo voy a ir a visitar. Nadie sabe tampoco que los jueves me siento así por eso. Es lindo a veces tener secretos y que los otros no los sepan. Además una vez me pasó que le conté un secreto a una amiga y se lo contó a medio colegio. Me acuerdo que me dio bronca, porque yo le había pedido que no se lo dijera a nadie, y ella me lo había jurado sin cruzar los dedos. No sé por qué le contó a todo el mundo que mi papá tenía una novia nueva. Los hombres en general siempre tienen novias nuevas. Lo que pasa es que eso a mi mamá no le gustó. Me acuerdo que se enojó mucho cuando se enteró. Alguien le habrá contado ese secreto a ella. Por eso digo que a veces es bueno tener los secretos guardados. Cuando la gente se entera, se arma un lío terrible. Mi mamá me dijo que igualmente mi papá era muy bueno, aunque tuviera otras novias, y que yo siempre tenía que quererlo porque era mi papá. Pero como yo la vi llorar a mi mamá, me di cuenta de que mi papá no era tan bueno como ella decía. Alguien que es bueno no te hace llorar. Era horrible verla llorar a mamá. Aunque mamá sea de llorar re fácil, esa vez que la vi llorar, lloraba mucho y fuerte. Me acuerdo que estuvo en cama. Que llamamos al doctor. El doctor era muy bueno, porque le dio un remedio para que se le pasara el dolor de cabeza. Ella lo vomitó, yo le di otro más (iba debajo de la lengua), y ese no lo vomitó. Y se ve que el dolor de cabeza se le pasó. Le hizo bien. A mí también a veces me duele la cabeza; cuando uno llora siempre le duele la cabeza. Y los ojos te quedan todos rojos y te arden. Pero no siempre hay que llamar al doctor cuando uno llora. Esa vez fue especial. Mi mamá me lo explicó. Siempre me explica todo, como mi abuelo.
Mi abuelo no tiene novias nuevas. Nunca las tuvo. La única novia que tuvo –que después fue su esposa– fue mi abuela. Eran muy chicos los dos cuando se casaron. Mi abuela me contaba que mi abuelo era muy buen mozo. Yo siempre pensé que buen mozo, quería decir que era un hombre que atendía muy bien un bar, hasta que un día me di cuenta de que también quería decir que era lindo. Yo no sé si me voy a casar cuando sea grande. Tengo miedo de que mi marido tenga novias nuevas. Los hombres siempre tienen novias nuevas. Menos mi abuelo.
Hay un chico que me gusta, y creo que él también gusta de mí. Pero es muy difícil hablarle. Me da cosa mirarlo. Seguro que le gusta la más linda de mi clase, que tiene ojos celestes y es rubia.
A todos los chicos siempre les gusta la más linda. Aunque yo veo señores por la calle que son muy buenos mozos, como dice mi abuela, que están con mujeres que no son tan lindas. Mi mamá me explicó que cuando uno se enamora, no importa si es lindo o feo, lo que importa es el corazón que tiene. Cada vez que me dice corazón yo siempre pienso en los corazones que veo por la tele. Con los médicos, con los barbijos, con toda esa sangre. Para mí el corazón es eso. Mi mamá me explicó que alguien que tiene un gran corazón, es alguien que te quiere y que nunca te haría daño. Es raro saber quién te puede hacer daño o no... mi amiga por ejemplo, que yo la quería mucho, esa que contó el secreto, al principio era buena, pero después se transformó en mala. Yo le pregunto siempre a mi abuelo cómo es que alguien que es bueno, puede volverse malo. Y también le pregunto si puede pasar al revés: que alguien que es malo, se vuelva bueno algún día.
Mi abuelo siempre me dice que a veces la gente no se da cuenta cuando es mala, que lo hace sin querer. Pero también me dice que hay gente que cuando es muy muy mala, nunca puede llegar
a convertirse en buena. A mí me da miedo que me lo explique así. Yo no sé cuándo alguien es muy, muy malo, o cuando alguien es malo sin querer. Me sale más fácil saber cuando alguien
es bueno. Me doy cuenta de que es bueno, porque es bueno todo el tiempo. Como mi abuelo, ¿ya lo dije, no? También mi mamá es buena. Aunque me parece que ninguno de los dos cree que es bueno; creen que son malos. Mi abuelo siempre empieza a hablar de que se equivocó muchas veces, y que por eso no es bueno “del todo”. Yo le pregunto en qué se equivocó, y él siempre me contesta: “en muchas cosas, cuando seas grande lo vas a entender”. Me da rabia cuando escucho eso. ¿Por qué no lo puedo entender ahora? También cuando sea grande voy a poder ver películas que ven los grandes. “¿Hay gente mala en las películas?”. “No siempre hay gente mala”, me contesta él, “a veces hay cosas que los chicos no pueden ver”. Creo que entiendo eso, cuando me pongo a pensar en mis viajes en colectivo. Pero en vez de ver, escuchar. Hay un montón de cosas que no puedo escuchar, porque estoy oyendo Imagine, de John Lennon. Si fuera una película sería parecido.
Es lindo viajar sola. Hay chicos que no pueden porque les da miedo. A mí, no. Yo sé que mi abuelo me está esperando en la parada que viene. Aunque llueva o haga frío, siempre me espera... aunque yo sepa cómo llegar a su casa sola, él prefiere esperarme. Dice que es mejor.
Falta poco. Pronto va a venir la estación de servicio amarilla y roja. Tengo que tocar el timbre. Mientras me paro también miro mis zapatillas nuevas, mi abuelo me ayudó a comprarlas.
Me dijo que había ahorrado algo de plata, y que con lo que yo ya tenía, me las podía comprar. Me acompañó y todo.
Voy a contar hasta tres y toco el timbre. Uno, dos, tres. Seguro que mi abuelo está esperándome, aunque ahora que me bajo, no lo veo. ¿Llegará más tarde? Muchas veces le gusta meterse en su bar preferido y jugar al billar. Algunas veces fui a buscarlo ahí. Mi papá decía que el abuelo era el mejor jugando a eso. Que no había quién le ganara. Quizás sea buena idea ir al bar, tal vez esté. El mozo, que no es buen mozo, porque tiene mucha barba, me saluda y me pregunta qué hago acá. “Vengo a buscar a mi abuelo”, le digo. “Tu abuelo hoy no vino”, me dice, y me pregunta si quiero tomar un café con leche mientras lo espero. “No, gracias” le digo. Mi mamá me enseñó que siempre hay que decir “gracias” cuando alguien te ofrece algo. También me enseñó que hay que decir “por favor” cuando uno pide algo. “Hasta luego” le digo al mozo, cosa que también me enseñó mi mamá, y me voy caminando cuatro cuadras hasta llegar a la casa de mi abuelo. Sé que no me voy a perder, porque tengo que pasar por una panadería con letras rojas. Y ahí nomás, al lado, está el edificio de mi abuelo. Vive en el tercero “e” de elefante. Nunca me olvido porque a mí me encantan los elefantes. Son grandes pero no te hacen nada. Son buenos los elefantes.
Toco tercero “e” de elefante y nadie contesta. Quizás se quedó dormido. Busco las llaves que tengo en mi mochila. Mi mamá me dice siempre que las lleve por si el abuelo se queda dormido. Una vez me pasó: cuando entré, estaba roncando re fuerte.
Tengo que usar la más gorda para la puerta de abajo y la más larga para la puerta de arriba. Es fácil acordarse. La puerta de abajo es mucho más pesada que la de arriba; va con la llave gorda. Esta es liviana, se abre sola. Casi siempre mi abuelo está con la radio prendida, pero lo único que se oye ahora es Imagine, de John Lennon. Por ahí la apagó para poder escuchar esta canción. Parece que no hay nadie en la casa. La cocina está vacía. En el sillón no está. En el baño tampoco, porque está la puerta abierta y no se ve a nadie. Está en su cuarto. Se quedó super dormido. Voy a tener que despertarlo despacio, porque si lo despertás fuerte, él dice que se asusta. Que lo sacás del sueño enseguida y que eso le hace mal al corazón. Él también dice “corazón”.
Le toco un brazo para ver si se despierta. Lo muevo un poco. No mucho, porque tengo miedo de que se asuste. “Abuelo, te traje medialunas de grasa”, le digo despacito. Pero no me contesta.
“Abuelo, te traje medialunas de grasa”, le digo un poco más fuerte. “Abuelo”, le digo con todo. Le digo y también lo muevo, y también le tiro del pelo para que aunque sea se asuste y se despierte.
Mi mamá me explicó que esa vez el abuelo se durmió muy profundo, para soñar otras cosas que no podía soñar estando despierto. Pero se ve que se dio cuenta de que no le creí y entonces me miró y me dijo que el abuelo se había muerto. Pasó lo mismo cuando le pregunté si Papá Noel eran los padres y ella me dijo cualquier cosa. No me dieron ganas de llorar cuando me dijo que mi abuelo estaba muerto, pero me daba cosa no volver a verlo nunca más. Para mí la muerte es eso: no ver nunca más a una persona. También me daba pena no volver a verlo en la parada. No viajar más en colectivo. No sentirme contenta los jueves. Mi mamá me dijo que tenía que recordar lo mejor de él. Y aunque entendí lo que me dijo, seguí sintiendo esa sensación fea de no volver a verlo nunca más. Después, recién después de una semana, me puse a llorar. Me acuerdo que era viernes. Estaba tomando la leche y de golpe me acordé de él, y me dieron ganas. Mi mamá no llamó al doctor. Dijo que con el tiempo se me iba a pasar. Y me abrazó. Siempre me abraza. Ese día le pedí que pusiera mi canción favorita. Y la escuché como mil veces. Me acuerdo que mi mamá me había comprado vainillas pero yo no tenía ganas de comer ni una. Y eso que me encantan. Es raro no tener hambre, ¿no?
Por suerte, fue como dijo mi mamá, con el tiempo se me fue pasando. Aunque es muy feo extrañar. Y más a una persona buena, como era mi abuelo. A veces, por las mañanas, cuando me despierto y sé que soñé con él, siento que es viernes. Y se me mueve el estómago por dentro, como cuando me cantaba la canción en francés. Aunque no me la acuerde mucho, hago como que cierro los ojos, y lo veo y lo escucho cantar Au Clair de la Lune. Pareciera que está acá.
Pero yo no se lo digo a nadie. Ni siquiera a mamá. Es un secreto.


VS

23/11/07

Cuento Deliciosos Cigarrillos Mentolados


---------------------------------------

Ella me mira, y cuando me mira así, yo lo sé. Ella se sube encima de mí, como si se me trepara y yo fuera una escalera. Ella empieza a moverse, sus tetas empiezan a moverse. Se mueven en direcciones opuestas: cuando una está arriba, la otra está abajo; cuando una está abajo, la otra sube. Su vientre se mueve también, toma otro ritmo que no es el de las tetas, es hacia los costados, girando en círculos.
Sus rulos también se mueven. Suben hasta el techo, luego bajan, y cuando bajan, pareciera que le quedara el pelo triste, a modo de sauce llorón. Sus piernas aprietan mis piernas. Sus uñas se clavan en mi pecho o en mis brazos. Yo la miro. Yo sostengo el sexo y la miro. La miro hasta erosionarla. Yo la miro hasta quemarle la piel. Tengo sexo con ella suspendido. Ella se mueve y empieza a gemir, y podría ser una gorda que gime, pero es ella que gime. Es Ana Paula que gime. Es Ana Paula que suda. Siento que todo está pasando ahora. Es Ana Paula la que vi entrar por la puerta de ese bar con su cara renacentista y su sonrisa espléndida. Ella era una mujer feliz de estar feliz, bailando con carne, moviéndose con carne, sonriendo con comida. Parecía que cuando se le dibujaba una sonrisa, se le dibujaban patas de pollo asadas, corderos de Navidad, postres
de mousse. Su blusa también estaba feliz, su pantalón se regocijaba de alegría.
No sé si más o menos apretado, no sé si más linda o menos linda que las demás. Entró y la vi. Entró y resplandecía. Entró y hablaba toda ella con su voz un poco grave, con sus dientes grandes, sus manos rosadas y su olor. Dulce y suave. Su olor a pelo rubio y baños de mañana. Su olor a siesta de verano. Pensé en una palabra cuando la vi: pasión. Pensé en cantantes latinas. En boleros de Manzanero para bailar apretados. Pensé en calor, pensé en un calor infernal. Pensé que era por la cantidad de gente de aquella disco. Pero no. Y me acerqué. Pensé que tenía que decirle algo. Pero tampoco. Miré un segundo sus ojos pardos. Pensé en Bukowski. Me sonrió. Su arrebato me tomó de la mano. Bailamos. Pensaba en mis otras novias: delgadas, pelos lacios, olores modernos, olor a yogurt light, sonrisas estáticas, manos quebradizas. Mientras bailábamos, sentí cómo se me contagiaba esa alegría, esa cosa latina, esa boca roja. Y me movía, primero despacio, después sin nudos, después como ella. Y nos movíamos sintiendo al cuerpo. Existían mi cadera, mis hombros, mi sudor. Sentí mis músculos moverse. Me sentí gordo. Gordo para bailar, para escuchar la música, gordo para comer la letra de la canción y cantarla con voz gorda. Gordo para sudar, gordo para besar. La besé, no intercambiamos palabras pero la besé. Me acerqué suave a ella y la besé. Pero no sé si quería besarla a ella... yo quería besar su boca, ella era sólo pura boca. Puros ojos cuando me miraba. El resto se perdía como si no tuviera función.
Cada cosa era un imán único, un objeto irremplazable. Para besarla sólo hacía falta una cita con su boca, mientras que el resto de su cuerpo podía quedar en casa.
Nos fuimos a un hotel. Antes de entrar me dijo:
–Me llamo Ana Paula.
–Lo sabía –contesté.
Me miró.
–No sé –le dije– simplemente lo sabía.
Pensé en el rojo. Pensé en flores rojas. Me dije “ella es una flor rojo carmín”. Pensé “yo soy un azul oscuro”.
Hablamos de cosas intrascendentes. Sacamos una teoría de los hoteles alojamiento. Me dijo que le encantaba la lencería. Le dije que le quedaría mejor la lencería roja. Se desató el sostén.
Lo miró de cerca. Me dijo:
–Tenés razón.
Me quedé mirando sus tetas. No eran senos sino tetas. Tetas grandes, “tetas de amor”, pensé. Imaginé que sus tetas tenían voz, que allí adentro había un mundo, un pueblo, una ciudad, con edificios, con vacas, con autos, con policías parando el tránsito. Le dije:
–Tus tetas son hermosas.
Se sonrojó. Volvió a la cama. Volvió a gemir. Volví a gritar mi orgasmo. Pensé en un volcán, pensé que yo era el volcán azul oscuro que ahora brotaba y se derramaba. “Soy un volcán”, le dije. Me dijo que era muy lindo. Cuando lo escuché, sentí que pudo verme más allá de todo. Pensé que las palabras abrían mundos diferentes si uno tenía distintos lentes, y que ahora esta frase era mucho más profunda. Pensé en los “te amo”, en los “te quiero”, en los “te extraño”. Y a todos ellos los vi flacos, huesudos, como mis novias modernas.
Estuvimos tres meses siendo gordos. Tres meses de sexo gordo. De bocas únicas. De flor carmín y volcán azul. Después fue distinto: empecé a escuchar a los otros. Luego mis amigos me preguntaron qué me había pasado. Que yo estaba para más. Luego les dio vergüenza que saliéramos con Ana Paula. Luego salíamos solos. Luego empecé a ver que la gente la miraba. Empecé a verla distinta. Creo que comencé a volverme flaco. Solos los dos entre paredes. Que nadie nos viera. Solos los dos con videos en casa. Cenas en casa. Conversaciones en casa. Mi cansancio para ir a cenar. Luego empecé a ver que la gente me miraba. Luego fue sólo el fin de semana. Ana Paula me preguntaba qué me pasaba. Yo comencé a sentirme un ser horrible. Pensé en Hitler y me asusté. Luego pensé que no era capaz de matar a nadie.
El día que le dije que ella podría hacer dieta, que no le vendría mal hacer un poco de gimnasia, que si adelgazaba podría ponerse minifaldas, ella tan sólo me miró. Juro que nunca me habían mirado así. Me miró con olor agrio. Me miró con sus tetas caídas. Me miraron sus ciudades y pueblos. Su pelo lloró. El perfume de su piel lloró. Su mano se acercó hacia mi mano llorando. Sentí que no debía, pero sin embargo tenía que pedirle perdón. Pensé en un cura y en un confesionario. Pero me dije que pedirle perdón era peor. Y no dije nada. Y sentí cómo sus ojos se despedían de mí. Intenté con mi cabeza levantarle las tetas y sus rulos rubios. Intenté con palabras inútiles que su blusa otra vez comenzara a reír. Pero ella ya estaba llorando entera. Pensé que había cometido un desastre. Que ella era la que entró con su sonrisa espléndida, y yo llegué a su vida para quitarle la luz. Que yo la quería hacer azul. Azul como yo. La empecé a sentir de lejos. Pensé en esas postales chinas, con arbolitos, pagodas, todo chiquito. La vi en la postal. Pensé que mi corazón no se llevaba bien con mi mano. Yo quería en ese momento tomarla de la mano para decirle que la quería. Pero la mano se quedaba quieta. Pensé en un museo de cera. Me vi de cera en el museo, la gente acercándose hacia mí, tocando mi piel patinosa y dura. Me acordé de las muñecas de mi hermana, a las que sólo se les movían los ojos.
Ana Paula se prendió un cigarrillo.
–Pero si vos no fumás –le dije.
–Ahora sí –me contestó. Largó la primera pitada y habló, y lo hizo con una sonrisa que quiere disimular pena.
–Está bien –me dijo–. Alto, delgado, musculoso, mirada intensa.
Qué tonta... –se culpó mientras se fumaba el cigarrillo sin toser. Pensé en Marlene Dietrich, en Greta Garbo. Pensé en estolas de plumas. Pensé en Moulin Rouge. Pensé en la palabra Rouge.
–Rouge –le dije–. Tu sobrenombre debería ser Rouge –le repetí entusiasmado siguiendo otra conversación.
–¿Por qué Rouge? –me preguntó, seducida.
–Es perfecto para vos. La boca, el cuerpo, toda.
Se rió. Apagó el cigarrillo. Me preguntó:
–¿Mentolados no tenés? Me gustaría probarlos.
Le traje uno de la habitación. Se lo prendió. Me dijo:
–Mi mamá fumaba mentolados.
–¿Tu mamá fuma mentolados? –le pregunté mientras le robaba una pitada.
–Fumaba –recalcó–. Se murió.
–¿Cómo se llamaba?
–Beatriz –me dijo riéndose–. En la familia todos tenemos nombres comunes. Te cuento –se adelantó–: nada grave, murió del corazón. Me tuvo de grande.
–¿Hace mucho?
–¿Qué cosa?
–Que murió.
–Un año. Lloro por eso en realidad. Ella era gorda, también –me dijo, sarcástica.
–¿Te preparo un café, un té? –ofrecí.
–No, quisiera tener sexo con vos de vuelta –me dijo.
–¿Ahora?
–Ahora... más tarde... –me dijo mientras comenzaba a desvestirse.
La frené.
–Soy grande –me dijo–, sé lo que hago. Lo dudó a mitad de blusa:
–¿No querés?
–No es eso, quiero seguir escuchándote.
–La historia es triste –me desanimó.
–No importa –le dije.
Pensé en las veces que dije “no importa”. No importa si salimos tarde, no importa si no llego a tal lugar, no importa si la comida de la rotisería está demasiado salada, no importa si no tenés leche para el café, lo tomo negro. Me contó todo lo que no me había contado. Me contó lo del hospital. Me contó cuando la llamaron por teléfono. Me contó que por todo eso, su novio la dejó. Me contó que su abuela había muerto, también. Que no puede dormir, porque estar en la misma casa, le da impresión. Me contó que al poco tiempo se compró un gato para darse alegría. Que a pesar de haber estudiado ciencias económicas, a ella le encantaría ser actriz.
Le conté que mis viejos quisieron separarse pero seguían juntos. Que mi hermano menor murió arriba de una moto. Le conté que tuve un dálmata. Le conté que me encantan los caballos. Le conté que soy malísimo en matemáticas y se río. Y cuando se rió, sentí que algo de ella había vuelto, como una ráfaga. Pensé en ráfaga y pensé en el pampero y en los vientos alisios. Pensé en el cuento de Cortázar, pensé en la profesora de geografía. Pensé. La miré. Me acerqué y la besé. Se dejó besar. Pero esta vez no nos besamos latino: la besé suave, y esta vez no fue sólo boca, fue sentirse etéreo, transportado, generoso.
Era seguro que nada tenía en las manos. Seguro que esto tenía también gusto a fin. Pensé en las letras de las películas cuando terminan. “¿Fin es malo?”, pensé.
Cuando se despertó del beso, me dijo:
–Quizás no sea ahora.
–Quizás no –le dije.
–Seguí besando así –gritó, mientras bajaba en el ascensor.
No volví a verla. No me la crucé. No la leí en el diario. No volví a verla en la disco. Pensé en esas películas con final abierto, que al día de hoy todavía sigo pensando.
Algunos días me acuerdo de ella. Pero no me acuerdo de sus tetas y ella, de sus caderas Lollobrigida y ella, de su blusa. Me acuerdo de esa última vez que la vi. Como si los recuerdos eligieran cómo quedarse y compitieran entre ellos y uno sólo ganara la batalla. Pensé en batalla, en los lobos cuando se pelean por el territorio y sólo uno logra ser el líder, mientras el vencido decide irse a vivir solitario en la montaña.
Pienso en mi novia de ahora –delgada, tranquila, pelo lacio– mientras me fumo un mentolado, derritiéndolo con la boca sin dejar una gota de humo en el aire. Pienso que hay maneras de estar, de acercar, como sogas, quizás inútiles o invisibles, que unen. Deliciosos, cigarrillos, mentolados.

Valeria Sabbag.